Cuando el 27 de marzo de 1977 fuiste ordenado sacerdote en la catedral alemana de Rottenburg por el Obispo Doctor Georg Moser, elegiste como lema de tu ordenación las palabras pronunciadas por Jesús poco antes de ascender a los Cielos: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio.
Fiel a ese lema, has predicado por tierras diversas la Buena Noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios, esperanza y salvación de todos nosotros.
Concluidos con brillantez los estudios de teología en la prestigiosa universidad alemana de Tubinga, fuiste párroco en las poblaciones de Brackengeim, de Stuttgart y de Phedelbach, así como también arcipreste del Principado de Hohenlohe. Lugares estos en los que has dejado huella imborrable y una larga lista de amigos fieles, a los que has dado lo mejor de tu corazón.
Ya en España, has sido párroco de la localidad de la Nucía. También has sido párroco de la Comunidad de habla alemana en Barcelona y coordinador de la pastoral alemana en España.
Desde el 29 de septiembre de 1996 hemos tenido la suerte de tenerte entre nosotros como párroco de San Vicente Ferrer.
En el ejercicio de tu sacerdocio, cumpliendo el mandato de San Pablo en su primera Carta a Timoteo, has sido intachable, fiel, juicioso, equilibrado, bien educado, hospitalario, hábil para enseñar, no amigo de reyertas, sino comprensivo, pacífico y desinteresado. Has seguido el camino excepcional del amor a los demás del que nos habló Jesús. Ese amor que, según nos recuerda también San Pablo, es paciente, es afable, no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, sino con la verdad, disculpa siempre, espera siempre, aguanta siempre, no falla nunca.
En todo este tiempo te has consagrado totalmente a la obra para la que el Señor te ha elegido. Has ejercitado las virtudes que con razón se aprecian en el trato humano: la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza y la constancia de ánimo, la preocupación por la justicia y la cortesía. Has tenido cuenta de “lo verdadero, lo honesto, lo justo, lo santo, lo amable, de la buena fama, la virtud y lo digno de alabanza”.
No has buscado tus propios intereses, sino los de Cristo. Has escuchado de buena gana a todos los que se te han acercado, teniendo fraternalmente en cuenta sus anhelos, y dando a todos palabras de esperanza. Por donde has ido has regalado amor, dejando huella indeleble de la bondad de tu corazón.
Porque has sabido transmitirnos el amor de Cristo.